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Asociacion Antiguos Alumnos
Colegio Preparatorio Militar
Montañana - Zaragoza
GRAN CAPITAN

RECUERDOS DE UN ALUMNO DE 1.958.

Pasamos a transcribir literalmente las “memorias “de esta alumno, para ser fiel a lo que en ellas nos cuenta.

 

MIS RECUERDOS DE MONTAÑANA

INCORPORACIÓN
En una tranquila mañana de septiembre de 1.958, para mí inolvidable, mis padres me dejaron en el Colegio, después de hablar un rato con Camacho, nuestro Director. Era la primera vez que yo abandonaba el hogar familiar, y con apenas 15 años no estaba muy contento de semejante decisión paterna. Pero quería ser militar, como mi padre, y aquel paso se me antojaba imprescindible para conseguirlo, así que apreté los puños y me dispuse a incorporarme al Colegio con gran ilusión.
Fui encuadrado en la Escuadra de Gargallo (XVIII Promoción, de Intendencia) que me recibió con gran amabilidad. No así algunos “raspas” veteranos, que se dispusieron a educarme y a quitarme el pelo de la dehesa familiar que yo traía de mi casa. Loable esfuerzo que yo agradecí y que todavía hoy agradezco.

MIS PRIMERAS ANDADURAS.
Y nunca mejor dicho, pues a los pocos días nos llevaron de marcha a La Cartuja de Aula Dei, distante unos pocos km,s. del Colegio. Yo había traído unas durísimas botas militares (que algunos habréis conocido) con una herradura en el tacón y que producían por ello al caminar un ruido característico, que a mí se me antojaba muy varonil, de un macho, vamos.
Me las puse para la marcha, y a los pocos minutos noté que por mis talones resbalaba algo que yo creía era sudor (raro lugar para sudar, la verdad) pero al quitarme las botas durante un alto en la marcha, comprobé que era sangre, pues llevaba los talones en carne viva.
Como no era cuestión de quejarme, y mucho menos de montarme en “el coche escoba”, aguanté como pude y al llegar al Colegio me apunté a reconocimiento. Allí, el para muchos de nosotros inolvidable Doctor D. Manuel Guallart se asombró al ver el estado de mis pies y que hubiese aguantado la marcha en esas condiciones. Se lo dijo a Camacho y éste me felicitó en persona por mi “espíritu militar” (yo no tenía muy claro en que consistía, pero me agradaron sus palabras), y salí de su despacho henchido de satisfacción.
Recuerdo también mi primer servicio de Jefe de Día, y con 15 años me apliqué lo mejor que pude a pronunciar mi arenga a aquella tropa, tarea imposible para mí. Debíamos leer una consigna ante todo el Colegio formado y aún recuerdo el tema de la mía:”Servicio y sacrificio”, que desarrollé como pude (creo que me puse colorado) ante la irónica mirada de Mayorga, Borderías, etc. que me observaban con una cierta conmiseración.

LA ALIMENTACIÓN.
El citado Dr. Guallart me confesó años después que era una de sus preocupaciones, pues a nuestra edad juvenil y ante el esfuerzo físico e intelectual que desarrollábamos, una buena alimentación resultaba imprescindible. Nos daban un bocadillo de sardinas en aceite para almorzar, que recogíamos al salir del comedor tras el desayuno. Muchos dejábamos allí las sardinas y nos comíamos el pan impregnado en su aceite. Pero cosa curiosa, ese día solía haber también sardinas en la comida, lo que nos mosqueaba con frecuencia, hasta que un día, mirando a los ojos de aquellas sardinas que aparecían en el plato de la comida, pudimos decirles sin dudar : ¡¡yo a ti te conozco!!. A partir de entonces, y dado que el río Gállego sufría una crisis de población piscícola, nuestras queridas sardinas pasaban a engrosar la escasa fauna del río (más bien con escasas posibilidades de supervivencia, digo yo).
Nuestras comidas eran “reforzadas” durante los fines de semana con algún producto de la granja del Colegio, verduras y hortalizas que debíamos recolectar los sábados y domingos. Cuando eran zanahorias, lo hacíamos con una mayor alegría y por la noche, tras el toque de silencio, las camaretas se convertían en grandes conejeras donde roíamos aquellos espléndidos lotes de vitaminas.

LA VIDA DIARIA
Nos levantábamos muy temprano, tanto en invierno como en verano, con la música de unos discos de vinilo del Ejército alemán (quizás llegados a España durante la guerra), que nos ponían en pie aunque no quisiéramos. Rápidamente salíamos al campo de fútbol y con frío o con calor debíamos dar unas cuantas vueltas a paso ligero. Un día de invierno que había nevado nos lo tomamos a cachondeo, por lo que Javier Arranz (junto con Emilio Sánchez Lázaro, los dos inspectores del Colegio) nos obligó a hacer varios cuerpos a tierra sobre la nieve, enfundados en el albornoz, lo que no consiguió disminuir nuestra hilaridad, sino al contrario. Cosas de jóvenes.
Las clases las impartía un magnífico plantel de profesores: Coronel Pérez Enciso, Cap. Ferrer, etc. Guardo un imborrable recuerdo de todos ellos, y aun conservo los problemas de Análisis Matemático, que el Coronel Pérez Enciso nos obligaba a presentar con gran pulcritud y limpieza, y que luego el corregía con cuidadoso esmero. Muy curiosos eran los problemas de “razonamiento aritmético” que no podíamos resolver por sencillas ecuaciones, sino razonando. Por ejemplo: “Sabiendo que las campanas del pueblo X suenan cada 12 segundos, y que un agricultor las oye situado a 5 Km. de la torre, ¿cómo se llama el campanero?”. Bueno, no los recuerdo muy bien, pero eran algo así. Normalmente los resolvíamos por una sencilla ecuación, y una vez conocida la solución nos afanábamos en encontrar un “razonamiento aritmético” que convenciera a nuestro querido Coronel, lo cual no siempre conseguíamos.
Un día tuvimos que ponernos la vacuna antitífica, lo que nos causó un gran respeto ante la truculencia de la escena. Una vez colocados en fila debajo de los soportales, pasaba Manolo Zanui (XVIII Promoción) con un tarro de tintura de yodo y nos daba un brochazo en la espalda. A continuación nos clavaban una especie de banderilla taurina, y unos minutos después veíamos acercarse al Dr. Guallart que nos inyectaba la dosis debida. Aquellos minutos se nos hacían interminables. Por cierto, Manolo presumía la víspera que cuando el médico les pusiera la vacuna a las chicas de la limpieza (todas guapísimas, o al menos así las veíamos nosotros) el también les pondría el yodo en la espalda en la zona reservada del botiquín, lo cual le permitiría trabajar con la brocha y también con la mirada. Todos nos quedamos esperando en los porches para comprobar si se cumplían sus vaticinios. Entraron las “mocetas” en el botiquín, y unos segundos más tarde salía Manolo cariacontecido, pues el médico lo había echado de allí. ¡¡ Qué tiempos !!.
Durante los últimos días del curso nos encerrábamos en la torre para dedicarnos exclusivamente al estudio. Tan sólo salíamos para consultar con los profesores las dudas sobre algún tema concreto, y por supuesto para las comidas. Como ermitaños pasábamos jornadas de estudio de muchas horas, que sin duda nos ayudaban a mejorar nuestras posibilidades de aprobar. Algunos domingos venían al Colegio grupos de Caballeros Cadetes recién ingresados para comer con sus antiguos compañeros. Inteligente decisión del Director, pues cuando los veíamos de uniforme con aquellas dos llamaradas rojas que lucían orgullosos colgando sobre su pecho, todos nos juramentábamos para que el año siguiente fuera el de nuestro ingreso, ¡¡faltaría más !!.

ACTIVIDADES EN EL EXTERIOR.
Tan solo recuerdo las marchas de endurecimiento, y algunas salidas a Zaragoza para hacer guardia ante el Monumento a los Caídos que había en la Plaza del Pilar (hoy en el Cementerio de Torrero), en pleno mes de noviembre, con un frío que pelaba y nosotros en mangas de camisa (azul, naturalmente).
En otra ocasión nos llevaron a la inauguración del Valle de los Caídos. Nos alojaron en el Colegio Ruiz de Alda (cerca de Chamartín) para comer y luego en El Escorial (Campamento de La Victoria). Todavía no había amanecido cuando ya estábamos formados en aquella enorme explanada. Solo recuerdo que vimos pasar a Franco de lejos, y poco después emprendimos el regreso a Zaragoza.
También estuvimos en la inauguración del Pabellón de Deportes de la ciudad, y pudimos presenciar una maravillosa exhibición gimnástica del malogrado Joaquín Blume, tras la cual nos firmó algunos autógrafos en el único sitio que teníamos disponible: el dorso del cinturón de cuero de nuestros pantalones de gimnasia.

COLOFÓN
Si tuviera que hacer una valoración de mis dos años de estancia en el Colegio, ésta sería totalmente positiva. Fundado para conseguir futuros Caballeros Cadetes, el objetivo se lograba de modo sobresaliente (el año 1.960, en el que yo ingresé con la XIX Promoción, le mojamos la oreja a Proa, pues conseguimos aprobar más aspirantes de Montaana). Mis recuerdos por lo tanto son muy gratificantes, a pesar de las pequeñas “rarezas” descritas en estas cuartillas.
Para todos vosotros, los que sois militares y los que emprendisteis otros caminos en la vida civil, un fuerte abrazo de este camarada “montañanero”.